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Los antiguos molinos del Tíber

Un río de actividad 

Hoy lo vemos fluir plácidamente, pero hasta hace un par de siglos estaba rebosante de vida y era muy popular entre los aguadores, tintoreros, transbordadores o barqueros, pescadores, marineros, constructores de barcos, areneros, ribereños y muchos trabajadores más, cuyas actividades estaban relacionadas con la dinamicidad del Tíber. Entre ellos, los trabajadores de los molinos flotantes, de agua, molino o mole (aceñas), que caracterizaban el paisaje fluvial de la Roma del pasado. Tantos como para ser los protagonistas de dibujos, pinturas y mapas y despertar el asombro de un viajero español de principios del siglo XV que, describiendo la ciudad, contó como por su gran número las dos orillas del Tíber parecían casi unirse. La más grande y famosa era la Mola dei Fiorentini, cuyo topónimo se debe a la cercana iglesia de San Giovanni dei Fiorentini al principio de la Via Giulia y todavía se recuerda, pero el mayor número de molinos se registró cerca de la Isla Tiberina. Tanto es así que uno de sus puentes, el Puente Cestio, pasó a llamarse popularmente “Ponte Ferrato” por las innumerables cadenas de hierro que lo rodeaban y que servían para enganchar los molinos a tierra firme. 

Agua, muelas y harina 

La historia de los molinos en el Tíber comienza en el 537 d.C., cuando los godos de Vitige que asediaban Roma cortaron los acueductos de la ciudad, incluido el de Acqua Traiana que alimentaba los molinos del Janículo. El general Belisario tuvo entonces la idea de trasladar la molienda al Tíber, justo debajo de lo que hoy es Puente Sisto, y el hallazgo tuvo efectos duraderos: desde entonces y durante más de 1.300 años, los molinos desempeñaron un papel clave en la economía de la ciudad, garantizando la harina necesaria para producir el pan, el recurso alimentario y la alimentación esencial - y tal vez la única - de la gran mayoría de la población. Su funcionamiento era tan simple como su estructura: dos botes uno al lado del otro, anclados a la orilla con largas cadenas, entre los cuales estaba suspendida una gran rueda de palas que ponía en movimiento las muelas del molino. El bote externo, más pequeño, se llamaba “barquito”; en el bote más grande, el más cercano a la orilla, se alojaban las muelas dentro de la característica “casita”, a menudo coronada por una cruz. En cada molino se empleaba un promedio de cuatro personas, además del “molinero”, dueño del molino: dos “cargadores” que transportaban con animales de carga el trigo y la harina, un “sirviente” destinado a la muela y un “factótum” entre los trabajadores.  

Cruz y delicia 

Amado y vivido, pero también travieso e irrequieto, el Tíber ha sido la riqueza de Roma desde la antigüedad y otro de sus grandes tormentos. Entre sus frecuentes desbordamientos que inundaban las zonas más bajas de la ciudad, dejando tras de sí enormes daños, a menudo seguidos por grandes epidemias provocadas por el lodo, el cieno y las aguas estancadas. Y los muelles flotantes que empeoraban la situación, convirtiéndose en una fuente imprevisible de peligro, en pocas palabras en unas balas perdidas.  Cuando las lluvias aumentaban el volumen de las aguas, el caudal del rio rompía sus anclajes: arrastrados por la corriente, los molinos se encajaban entre las arcadas de los puentes, impidiendo que el agua fluyera con regularidad, o arrasaban las embarcaciones del antiguo puerto fluvial de Ripa Grande o el Arsenal pontificio, cerca de Porta Portese. En 1826,  todavía había 27 molinos funcionantes, cada uno de los cuales molía hasta unas cinco toneladas de trigo al día. Lo que los arrasó, en sentido material y figurativo, no fue la difusión de las nuevas tecnologías sino una inundación: inmediatamente después de la catastrófica riada de diciembre de 1870, durante la cual tres molinos fueron arrastrados por las aguas, se optó por su eliminación definitiva, poniendo el fin de su historia de siglos.

La Capilla de los Molinari

Hoy, para descubrir el único indicio de los antiguos molinos, hay que ir a la basílica de San Bartolomeo a la Isla, fundada en 997 por Otto III sobre las ruinas del antiguo Templo de Esculapio. La última capilla a la izquierda, al final de la nave de la iglesia, fue desde 1626 la sede de la importante y poderosa corporación romana Molendinariorum, o Universidad de los Molineros, conocida por los estrictos criterios de selección con los que se evaluaban las solicitudes de admisión de los miembros aspirantes. Sus decoraciones evocan y celebran la actividad de los molineros romanos, devolviéndonos con frescos y grabados las imágenes únicas de los molinos de agua de madera que salpicaban el Tíber. 

 

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