En Roma el turista queda aturdido por la cantidad de obras de arte que merecen ser

vistas; la abundancia llega a darle vértigo. Por supuesto, la visita a Roma tiene unas etapas obligadas: el Coliseo, los Foros, San Pedro y los Museos Vaticanos y la Galería Borghese. Lugares y monumentos que representan el espíritu profundo de la ciudad; pero aún queda mucho por ver.

Una vez concluida la visita a los lugares clásicos, si queda tiempo se pueden realizar unas rutas temáticas.

Lo que se propone a continuación es un recorrido tras las huellas de la civilización portuguesa en la Urbe.

En la ciudad, es el barrio de Campo Marzio el que conserva la mayoría de las memorias histórico-artísticas lusitanas.

 

En el interior de la iglesia de San Lorenzo in Lucina, en la plaza homónima, se pueden admirar la capilla Nunez y, sobre todo, la capilla dell’Annunziata, construida entre 1660 y 1664 por el portugués Gabriel Fonseca, llegado a Roma como médico personal del papa Inocencio X Pamphili. Para el diseño de la capilla Gabriel Fonseca, al que seguramente no le faltaban los medios económicos ni gusto en materia de arte, tuvo la idea luminosa de acudir a Bernini. El resultado fue una de las capillas gentilicias más majestuosas y ricas de las iglesias urbanas.  De los cuatro bustos, colocados en los rincones de la capilla, el de la izquierda, junto al altar, es obra de Bernini; la escultura representa al comitente en oración, en contemplación e impasible. La obra, que se inició seguramente en 1668, año de la muerte de Fonseca, es una de las esculturas más inspiradas entre las últimas del artista, feliz en la manera de plasmar la carne y las telas con el mármol.

 

En los alrededores de via della Scrofa, a poca distancia de Plaza Navona, se encuentra la iglesia de Sant’Antonio dei Portoghesi, la iglesia nacional de Portugal en Roma.

 

A partir de mediados del siglo XVI, la iglesia se dedica a San Antonio de Lisboa, llamado “San Antonio de Padua”; es la primera iglesia de Roma construida en honor al santo, la única hasta 1886, año en que se construyó el templo de via Merulana. Una lápida, colocada en la pared a la derecha de la entrada, dice que “nuestro” santo de Padua es “su” San Antonio de Lisboa. El edificio original fue construido entre 1440 y 1447, bajo el reinado del papa Eugenio IV. En el siglo XVI, la pequeña estructura debió parecer demasiado modesta para representar dignamente a la monarquía portuguesa, por lo que se procedió a su total reconstrucción.  La planta de la iglesia fue diseñada por Gaspare Guerra; la fachada, sin duda el elemento más interesante de la construcción, se erigió con proyecto de Martino Longhi il Giovane (1636 – 1638). Está dominada por un ventanal y por el enorme blasón de la Casa Real de Braganza. La impresión de lujo no se pierde en el interior, suntuoso y acogedor, lleno de mármoles brillantes. Tiene una única nave de cruz latina y dos capillas a cada lado. La cúpula rebajada es obra de Carlo Rainaldi, mientras que Antonio Canova es el autor del elegante monumento a Alejandro de Souza.

 

No lejos de la iglesia de San Antonio, en dirección a piazza del Popolo, se pueden admirar, en piazza Augusto Imperatore, los restos del Mausoleo de Augusto. Hacia finales del siglo XVII, Benedetto Correa, un rico marqués que se estableció en Roma, quiso comprar las ruinas abandonadas del Mausoleo. Luego las convirtió en un anfiteatro para las diversiones populares, que se denominó durante mucho tiempo con su apellido, pronunciado a la romana: “Corea”.

 

Memorias portuguesas nos llevan del centro de la ciudad a las laderas del Janículo. Después de admirar la espléndida visión de la ciudad desde piazzale Garibaldi, en la cumbre de la colina, se baja hacia el barrio Trastevere costeando el Bosco Parrasio, sede de la Academia de la Arcadia.

 

La ingente suma de 400 escudos, utilizada para comprar el Bosco, fue donada a los académicos por el rey portugués Juan V (1706 – 1750). Émulo de la reina de Suecia en proteger la Academia, el rey fue elegido árcade en 1726, con el nombre de Arete Melleo. En el Bosco, restaurado después de los destrozos sufridos en el asedio de 1849, el primero de los tres rellanos honra, aún hoy, la memoria del generoso soberano. El portugués obtuvo del papa Benedicto XIV el título de Rey Fidelísimo para sí y sus sucesores.

 

A poca distancia, se puede descansar en la panorámica plaza de San Pietro in Montorio, lugar relacionado con la nación portuguesa.

Juan de Silva y de Meneses, el beato Amedeo, nacido en Ceuta en 1431, vistió en Asís el hábito de los frailes menores. Instituyó una Orden, o más bien una reforma franciscana, que, por su nombre, fue llamada de los Amaediti. En 1471 Sixto IV lo llamó a Roma, nombrándolo su confesor. El año siguiente le concedió la iglesia y el monasterio de Santa Maria in Campo Aureo (la actual iglesia de San Pietro in Montorio, de “Mons Aureus”, nombre dado al Janículo), que habían sido abandonados por las monjas benedictinas.  El total abandono de los edificios lo convenció a pedir, para las obras de restauración, la ayuda de los reyes de España. Fernando II de Aragón prometió su ayuda, poniendo una condición: el fraile dirigiría sus oraciones en favor del soberano, que deseaba un heredero varón. La suerte asistió al beato Amedeo y Fernando mantuvo su palabra.

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